No necesitamos eliminar emociones, sino cambiar la forma en que nos relacionamos con ellas
Es decir, una emoción puede aportar información sin convertirse automáticamente en una instrucción que tengamos que seguir.
Pero si cada vez que aparece una emoción incómoda necesitamos hacer algo para eliminarla, podemos terminar aprendiendo que no somos capaces de tolerarla. Y entonces aparece un problema añadido: además de experimentar la emoción original, empezamos a preocuparnos por sentirla.
Consiste en poder experimentar nuestras emociones sin que tengamos que luchar constantemente contra ellas ni actuar siempre de acuerdo con lo que nos piden.
Cuando hablamos de “gestión emocional”, es bastante habitual pensar que gestionar nuestras emociones significa conseguir que dejen de aparecer aquellas que nos resultan desagradables o incómodas. Por ejemplo, si sentimos ansiedad, queremos dejar de sentirla. Si estamos tristes, queremos dejar de estarlo. Si algo nos enfada, queremos conseguir que el enfado desaparezca.
Y es comprensible. Cuando una emoción resulta intensa o incómoda, lo normal es querer que termine cuanto antes. El problema aparece cuando convertimos ese objetivo en la condición necesaria para poder estar bien: «hasta que no deje de sentirme así, no voy a poder seguir con mi día».
Pero las emociones forman parte de nuestra experiencia humana. No podemos decidir qué emociones vamos a sentir y cuáles no, del mismo modo que tampoco podemos elegir no sentir cansancio, hambre o frío cuando aparecen. Lo que sí podemos aprender es a reconocerlas, comprender qué función cumplen y responder de una manera diferente cuando aparecen.
Por eso, cuando hablamos de gestión emocional, no hablamos de eliminar emociones, sino de cambiar la relación que mantenemos con ellas.
01. Las emociones forman parte de nuestra experiencia cotidiana
Las emociones son respuestas que aparecen ante determinadas situaciones, pensamientos, recuerdos, sensaciones o acontecimientos. E implican cambios en distintos niveles: lo que pensamos, lo que sentimos corporal o fisiológicamente y lo que hacemos.
Y, aunque a veces aparezcan de forma muy rápida, no surgen porque sí. Sino que cumplen funciones y pueden proporcionarnos información relevante sobre lo que está ocurriendo y sobre aquello que nos importa. Por ejemplo, el miedo puede prepararnos para responder ante una amenaza; la tristeza puede aparecer ante una pérdida; el enfado puede relacionarse con una situación que percibimos como injusta o con un límite que consideramos sobrepasado; y la alegría puede acompañar experiencias que valoramos positivamente.
Esto no significa que todas las emociones nos indiquen exactamente qué hacer ni que todo lo que hacemos bajo su influencia sea adecuado. Es decir, una emoción puede aportar información sin convertirse automáticamente en una instrucción que tengamos que seguir.
Y aquí está una de las cuestiones importantes: que una emoción tenga una función no significa que tengamos que sentirla siempre ni que debamos actuar de acuerdo con ella. Las emociones aparecen, cambian y desaparecen. No podemos seleccionar únicamente las que nos resultan agradables y eliminar el resto. Forman parte del funcionamiento habitual de las personas.
02. ¿Por qué algunas emociones nos resultan incómodas?
Si todas las emociones forman parte de nuestra experiencia, ¿por qué algunas nos cuesta tanto tolerarlas?
La respuesta no es la misma para todo el mundo.
Hay personas que se sienten especialmente incómodas con la ansiedad. Otras tienen dificultades para tolerar la tristeza y necesitan mantenerse ocupadas para no entrar en contacto con ella. Algunas se sienten muy incómodas cuando están enfadadas. Otras pueden tener dificultades para reconocer o expresar emociones como el orgullo, la culpa, la vergüenza o incluso la sorpresa.
Nuestra relación con las emociones se va construyendo a lo largo del tiempo y está influida por nuestras experiencias, nuestro aprendizaje y el contexto en el que nos hemos desarrollado. También por lo que hemos aprendido sobre qué emociones son aceptables, cuáles debemos ocultar y cómo deberíamos expresarlas.
Por eso, no existe una emoción universalmente «difícil». Lo que para una persona puede resultar relativamente fácil de experimentar puede ser especialmente incómodo para otra. Además, una misma emoción puede resultar tolerable en unas circunstancias y muy difícil en otras. No es lo mismo sentir tristeza durante unos minutos que experimentar una tristeza intensa después de una pérdida, ni es lo mismo sentir ansiedad ante una situación puntual que llevar semanas preocupándonos por diferentes aspectos de nuestra vida.
La intensidad, el contexto y la interpretación que hacemos de lo que estamos sintiendo también influyen en cómo respondemos.
03. Cuando el problema se convierte en conseguir que la emoción desaparezca
Si una emoción nos resulta incómoda, es lógico que intentemos hacer algo para reducir ese malestar. El problema no está necesariamente en querer sentirnos mejor. El problema puede aparecer cuando todos nuestros esfuerzos se dirigen a conseguir que una determinada emoción desaparezca.
Podemos evitar situaciones que podrían hacernos sentir ansiedad, distraernos constantemente para no pensar en algo que nos preocupa, buscar repetidamente que otras personas nos tranquilicen, intentar controlar lo que sentimos o interpretar la aparición de una emoción como una señal de que algo va mal.
A corto plazo, algunas de estas respuestas pueden producir alivio. Pero si cada vez que aparece una emoción incómoda necesitamos hacer algo para eliminarla, podemos terminar aprendiendo que no somos capaces de tolerarla. Y entonces aparece un problema añadido: además de experimentar la emoción original, empezamos a preocuparnos por sentirla. Ya no es solamente «estoy sintiendo ansiedad», sino «no quiero sentir ansiedad», «esto no debería estar pasándome» o «tengo que conseguir que se me quite».
Y, en ocasiones, una parte importante del malestar no procede únicamente de la emoción, sino de la lucha constante contra ella.
04. Entonces, ¿qué significa cambiar nuestra relación con las emociones?
Cambiar nuestra relación con las emociones significa aprender a responder a lo que sentimos de una manera más flexible.
Para empezar, necesitamos poder reconocer la emoción. Saber qué estamos sintiendo, cómo se manifiesta y en qué situaciones suele aparecer. Esto puede parecer sencillo, pero no siempre lo es. A veces identificamos únicamente que «estamos mal», sin distinguir si existe tristeza, enfado, miedo, frustración, culpa o una combinación de varias emociones.
También es importante permitir que la emoción esté presente sin interpretarla automáticamente como un problema que debemos resolver. Sentir ansiedad no significa necesariamente que exista un peligro. Sentir tristeza no significa que estemos haciéndolo mal. Sentir enfado no implica que tengamos que actuar desde él.
A partir de ahí, podemos preguntarnos qué está ocurriendo y qué respuesta puede ser más útil en esa situación. Esto implica diferenciar entre sentir una emoción y actuar según esa emoción. Podemos estar enfadados y decidir no responder de manera agresiva. Podemos sentir miedo y hacer igualmente aquello que consideramos importante. Podemos estar tristes y continuar con determinadas actividades. Podemos sentir ansiedad y comprobar que somos capaces de permanecer en una situación sin tener que escapar inmediatamente. La emoción puede estar presente mientras hacemos otras cosas.
Y, en muchos casos, esta es una de las habilidades más importantes: dejar de esperar a sentirnos de una determinada manera para poder actuar.
05. Gestionar las emociones no significa tenerlas bajo control
Cuando hablamos de gestión emocional, por tanto, no estamos hablando de conseguir que nuestras emociones aparezcan únicamente cuando queremos, ni de aprender a mantenerlas siempre dentro de unos niveles «adecuados». Gestionar nuestras emociones implica desarrollar recursos para relacionarnos con ellas de una manera más flexible.
Puede implicar aprender a identificarlas, comprender qué situaciones las desencadenan, reconocer qué pensamientos y conductas aparecen junto a ellas, tolerar cierto grado de malestar y elegir cómo responder en función de la situación y de aquello que queremos conseguir.
A veces esa respuesta consistirá en cambiar algo de la situación. Otras veces, en expresar lo que necesitamos. En otras ocasiones, tendremos que aceptar que una emoción desagradable está presente y continuar con nuestra vida mientras va disminuyendo.
No se trata de conseguir que nunca aparezca la ansiedad, la tristeza, el enfado o cualquier otra emoción incómoda. Se trata de que su aparición no determine automáticamente lo que podemos o no podemos hacer.
En definitiva: ¿qué estamos aprendiendo cuando aprendemos a gestionar nuestras emociones?
Aprender a gestionar las emociones no consiste en convertirnos en personas que siempre están tranquilas, que nunca se enfadan o que saben controlar lo que sienten en todo momento. Consiste en poder experimentar nuestras emociones sin que tengamos que luchar constantemente contra ellas ni actuar siempre de acuerdo con lo que nos piden.
Las emociones forman parte de nuestra experiencia y van a seguir apareciendo. Algunas serán agradables y otras no tanto. Algunas serán fáciles de entender y otras nos llevarán más tiempo.
La cuestión no es conseguir una vida sin emociones incómodas. Es aprender a relacionarnos con ellas de una forma que nos permita seguir tomando decisiones, afrontar situaciones y actuar de acuerdo con lo que necesitamos y consideramos importante, incluso cuando no nos sentimos exactamente como nos gustaría.
Porque gestionar una emoción no siempre significa hacer que desaparezca.
A veces significa poder decir: «esto es lo que estoy sintiendo ahora y, aun así, puedo decidir qué hago con ello».


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